Todo lo que se oye o se lee sobre la realidad política y cultural es
falso o superficial. Desgraciadamente no es una exageración de amargado
ni una petulancia de sabihondo. La generación de nuestros padres sabía
pocas cosas de un mundo al que, sin embargo, comprendía. Hoy no hace
falta comprender uno mismo todo para percibir que nadie comprende nada.
Con ideas obtusas, valores chatos y palabras inauténticas, como moneda
corriente de la comunicación social, nada se puede comprender. Y, no
obstante, con ideas, valores y palabras genuinas todo es comprensible,
no tanto por las causas particulares de cada sector descompuesto, sino
por la particularidad de la causa común que los descompone a todos.
Hace un cuarto de siglo que descubrí esta causa en una gravísima
contradicción de los valores vigentes en la actual civilización europea.
Una contradicción distinta, pero heredera, de la que definió al siglo
XIX. Una contradicción tan evidente que todos la verían enseguida si los
medios de comunicación y los intelectuales tuvieran algún día el
coraje, la decencia o la necesidad de reconocerla por su propio interés.
En esta contradicción está el origen de todas las demagogias, todas las
corrupciones y todas las crisis políticas. Y mientras que esta
contradicción no se supere con sinceridad y talento institucional,
continuará agravándose el malestar cultural de Europa.
Nadie
comprende lo que ha pasado en Francia, la campaña antijudía en nuestros
medios informativos, lo que sucede en Argentina, el incremento de la
violencia doméstica, el separatismo de los nacionalistas vascos, el
éxito de la operación triunfo o de las crónicas marcianas, la extensión
de la corrupción, el bajo nivel de la enseñanza, la postergación de la
inteligencia europea, la grave crisis del arte, la proliferación de
sectas religiosas, la pérdida de la necesidad de lealtad al propio
pasado, la degeneración del lenguaje.
Tampoco se comprenden las
paradojas de que el consumo de drogas aumente cuando disminuye el paro;
que la economía mejora cuando la política empeora; que el sentido de los
acontecimientos grandes o pequeños en el mundo sea más desconocido
cuanto mayor sea la información que nos dan de ellos. Las
interpretaciones de cada una de las paradojas contradicen las de las
otras.
La incomprensión universal, iniciada en las rebeliones del
68 y consumada con el final de la Guerra Fría, se ha constituido en
hábito mental de los intelectuales. Los premios Nobel desbarran cuando
opinan. En ninguna parte florece un esbozo de síntesis inteligente. Y en
todas partes, la falta de luces en la inteligencia y de entereza en las
voluntades se suple con los frutos emergentes del pozo negro de las
ambiciones sin ideales y del miedo sin motivo, es decir, el consenso y
el reparto.
La complejidad de las sociedades modernas hace
difícil, pero no imposible, que se pueda comprender la razón de las
cosas que pasan en ellas. Sobre todo de las que obedecen a sentimientos
colectivos. Hasta tal punto ha llegado a ser ficticia la conciencia
social en materias emotivas, como la política, el arte, los delitos y la
inmigración, que los intelectuales en temas humanísticos comprenden
mejor la relación con la realidad de las ciencias físicas o biológicas
que la de sus propias asignaturas.
La contradicción del siglo XX
europeo, adorar el principio de igualdad (democracia social) y odiar el
principio representativo (democracia política), consagrados ambos en la
apoteosis oligárquica del Estado de partidos, ha determinado de manera
casi mecánica que la ética dejara de ser una disciplina, la moral una
costumbre, la división derecha-izquierda un significado. La
Administración ha sustituido a la política, el consenso a la
representación y la violencia de grupo al fascismo social.
LA RAZÓN. JUEVES 9 DE MAYO DE 2002
ANTONIO GARCÍA TREVIJANO