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jueves, 3 de octubre de 2013

Operación Félix: el día que España pudo recuperar Gibraltar


operacion-felix

Apenas 20 días después de la entrevista en Hendaya, Hitler se reunió urgentemente con Serrano Suñer para presentarle el minucioso plan que tenía preparado para invadir el Peñón el 10 de junio de 1941
«He decidido atacar Gibraltar. Tengo la operación minuciosamente preparada. No falta más que empezar y hay que empezar». Estas fueron las apremiantes palabras de Hitler al entonces ministro de Asuntos Exteriores español, Ramón Serrano Suñer, en un encuentro urgente que el «führer» organizó apenas tres semanas después de la entrevista en Hendaya. Hitler tenía prisa. La Alemania nazi dominaba ya toda la Europa centro-oriental y avanzaba inexorablemente por el continente, convencida de que el Peñón, además de la puerta del Estrecho, se había convertido en la llave que le daría la victoria en la Segunda Guerra Mundial.
Aquel encuentro se había organizado con cierta precipitación. Cuatro días antes, el 14 de diciembre de 1940, el embajador alemán en Madrid, Eberhard Von Stohrer, se presentó por sorpresa en el despacho de Serrano Suñer para comunicarle que Hitler deseaba reunirse con él inmediatamente «para hablar de cosas importantes». Tras consultar con Franco y varios ministros militares sobre la conveniencia o no de acudir a aquella llamada, el ministro partía sin más dilación hacia Berchtesgaden, el refugio del «führer» en los Alpes suizos.
Poco después de llegar a su destino, en la tarde del martes 18 de diciembre, Hitler le dijo que le había convocado para que, «según lo convenido en Hendaya», fijaran la fecha de su entrada en la guerra invadiendo Gibraltar, que luego pasaría a manos de España: «Es absolutamente necesario atacarlo. Lo tengo decidido. Se trata ahora de fijar el día», manifestó el «führer», según el relato hecho en 1976 por Serrano Suñer en su obra «Escrito en España», donde aseguraba que tuvo que aclarar que «lo convenido en Hendaya no había sido que entrarían en la guerra cuando ellos decidieran, sino cuando nosotros estuviéramos en condiciones de hacerlo». «En cualquier caso –insistió Hitler, siempre según el relato de Suñer–, la operación mixta sobre Gibraltar es necesaria. Es la hora de que España tome su parte».

Las razones para atacar Gibraltar

La colonia por la que hoy el gobierno británico y el español andan a la gresca era para Franco, tras la Guerra Civil, la tierra aún irredenta por la que pasaba la unidad nacional. Pero la realidad es que España no estaba en condiciones de participar, ni psicológica ni materialmente, en ningún conflicto. No debemos olvidar, además, que la dictadura dependía del permiso del Gobierno británico para que pudieran llegar a sus puertos los cargamentos de trigo procedentes de países como Canadá o Argentina. Y para Franco y su Gobierno, igualmente, tomar Gibraltar no significaba necesariamente que el Mediterráneo quedara cerrado, pues aún seguiría abierto por el Canal de Suez.
Hitler insistió en lo que ya había apuntado en Hendaya: que la oportunidad de recuperar el Peñón no se le volvería a presentar nunca más, que era una cuestión de honor para el pueblo español reintegrar ese pedazo de tierra y que, siendo el Estrecho el mejor enclave que tienen los aliados para navegar por el Mediterráneo, era muy importante cerrarlo.
Alemania quería acelerar la guerra, y aquello pasaba por controlar la colonia que Gran Bretaña había obtenido en el Tratado de Utrecht de 1713. Pero Serrano Suñer, que se escudaba en el hecho de que él no podía tomar esas decisiones sin consultar al Caudillo, fue bastante ambiguo en su respuesta. Una actitud parecida a la de Franco en Hendaya, quien manifestó «estar dispuesto» a alinearse con las potencias del Eje, pero poniendo a sabiendas un precio que los nazis claramente no podían asumir: 400.000 toneladas de trigo, todo el material de guerra necesario, la no admisión de soldados alemanes en la conquista del Peñón, la cesión de Marruecos a costa de Francia y la condición de intervenir sólo cuando el Ejército alemán hubiera ocupado las islas británicas, algo que, finalmente, nunca ocurrió. Contaba Serrano Suñer en «Entre Hendaya a Gibraltar» (1949), que en Berchtesgaden el «führer» había escuchado sus opiniones con «cierto malhumor», para acabar después «con un gesto de decepción, cansancio y tristeza». «De las siete u ocho veces que tuve que hablar con él, fue esta la ocasión en la que le encontré más parecido a un ser humano», recordaba.

El «minucioso» preparativo

En ese momento, Hitler le pidió a su invitado que pasara a otra habitación próxima en la que había un enorme tablero central lleno de planos, con las paredes repletas de banderas indicando la posición de sus tropas. Fue allí donde el general Alfred Jodl, el hombre que primero se había dado cuenta de que Gibraltar era la llave para ganar la guerra y uno de los asesores militares más importantes del «führer», explicó minuciosamente la famosa «Operación Félix», como la había bautizado.
Siguiendo sus órdenes, los más importantes organismos de planificación militar de las fuerzas armadas nazis dieron forma a este plan que debía cambiar el resultado de la guerra. Su diseño se levantó sobre múltiples estudios, observaciones y reconocimientos sobre el terreno realizados en secreto por un gran número de espías y expertos en artillería, operaciones de asalto, armas químicas, logística y transporte.
Los preparativos iban tan en serio que, a finales de 1940, la Primera División de Montaña del general Ludwig Kuebler comenzaría un riguroso entrenamiento en la provincia de Besançon (Francia), en una zona cargada de montañas idénticas al Peñón, junto al Río Jura. Allí los soldados podrían hacerse a la idea de donde iban a combatir.

El plan

Según lo trazado, la operación se llevaría a cabo bajo el mando del mariscal de campo Walter von Reichenau, que requería que dos cuerpos de su ejército ingresaran en España a mediados de enero de 1941 con el consentimiento de Franco. El mismo Kuebler se haría cargo de uno de ellos para liderar la conquista, atacando con dos regimientos de Infantería y 26 batallones de artillería mediana y pesada, a los que sumaría tres batallones de observación, tres de ingenieros, dos de humo, un destacamento de 150 brandenburgueses y 150 tanques enanos a control remoto cargados de explosivos. A cargo del segundo cuerpo, el general Rudolph Schmidt, que cubriría los flancos del asalto a Gibraltar contra cualquier intervención británica, para lo que contaría con la 16 División Motorizada, concentrada en Valladolid; la 16 División Panzer, en Cáceres, y la División SS Totenkopf, en Sevilla.
Y por si no fuera suficiente, las fuerzas aéreas alemanas –la Luftwaffe– proporcionarían grupos de aviones JU-88, Stukas y Messerschmitts, además de seis batallones de antiaéreos. Y la armada o Kriegsmarine realizaría el hostigamiento marítimo por medio del submarino U-boots, con el que interferiría la evacuación de los ingleses del Peñón y transportaría las baterías costeras para impedir el acercamiento de unidades navales británicas.
Desde el punto de vista militar, la «Operación Félix» debería haber sido un éxito para los alemanes y significar la recuperación de Gibraltar para España más de dos siglos después, pero Franco, movido también por los reveses sufridos por Hitler, ni tan siquiera autorizó el tránsito del ejército nazi por suelo español. La posición del Caudillo no cambió con los meses y la operación fue postergada. Y, finalmente, cancelada.

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"Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, Estos privaran a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron."

THOMAS JEFFERSON, 1802

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